1 de Mayo: día de la clase trabajadora

Desde CNT Madrid este año reivindicamos un anarcosindicalismo que pone a la clase trabajadora en el centro. A una clase trabajadora racializada, disidente en su sexualidad y género, internacional y diversa. Un anarcosindicalismo confederal y autoorganizado, sin liberades y sin financiación estatal.

Donde las conquistas sean hechas por todas y para todas mediante la acción directa. Que conquiste nuestras reclamas inmediatas como lo son las 35 horas laborales, una mejor prevención de riesgos laborales, la abolición de la ley de extranjería o la protección legal para las personas LGTBIQ+ contra la discriminación laboral. Pero sin olvidar nuestro horizonte: la emancipación total de nuestra clase en pos de construir un mundo nuevo sin clases.

Por ello el 1 de Mayo unimos nuestra voz junto a otras organizaciones. Porque solas resistimos, pero juntas podemos construir unidad de clase que barrerá con el viejo mundo y traerá uno nuevo. Nuestra unidad manda un mensaje claro: a sus guerras no pondremos nuestros cuerpos.

Las guerras no enfrentan intereses de los pueblos; enfrentan intereses de las oligarquías. Y siempre es nuestra clase quien pone los cuerpos, en los bombardeos a civiles, en la guerra, en la fabricación de armas y la financiación bélica con el dinero de nuestros servicios públicos. Nuestro antimilitarismo no es neutralidad, es coherencia de clase. Nuestra lealtad no se jura a banderas, se teje mediante la autoorganización sindical, social, de apoyo mutuo y de cuidado.

No queremos ganar sus guerras. Queremos hacerlas imposibles mediante nuestra única batalla: la lucha de clases. Una lucha contra el sistema capitalista neocolonial y el auge fascista e imperialista.

A sus guerras, ni un cuerpo. A nuestra clase, todos los cuidados.

Frente al imperialismo, unidad de clase.


MANIFIESTO CONFEDERAL, también disponible en CNT.es.

¡Corre, compañera! El viejo mundo queda detrás de nosotras

Hoy no marchamos por nostalgia ni por ritual. Marchamos porque el presente arde y el futuro nos lo quieren arrebatar. Marchamos porque el trabajo sigue siendo explotación, porque la obediencia se nos impone como virtud, y porque la dignidad aún se negocia en mercados que nunca elegimos.

El viejo mundo —el de la jerarquía, la sumisión y el miedo— se resquebraja bajo nuestros pasos. No lo empujamos por capricho, sino por necesidad. Cada jornada laboral precaria, cada derecho recortado, cada vida subordinada al beneficio de unos pocos confirma que no hay reforma suficiente dentro de este sistema.

No hay futuro sin desobediencia.

Desobedecer es recordar que no nacimos para obedecer órdenes injustas. Es negarse a aceptar que la vida se reduzca a sobrevivir. Es organizarnos sin amos, construir sin permisos, resistir sin miedo. La desobediencia no es caos: es la semilla de un orden nuevo, nacido desde abajo, horizontal, solidario y libre.

Frente a quienes nos quieren aisladas, elegimos la comunidad. Frente a quienes nos quieren dóciles, elegimos la acción directa. Frente a quienes nos quieren cansadas, elegimos la lucha compartida.

Paz. Trabajo. Revolución.

Hablar de paz hoy no es ingenuidad: es una urgencia. Vivimos en un mundo atravesado por guerras abiertas y conflictos permanentes, donde millones de personas son desplazadas, explotadas o sacrificadas en nombre de intereses que nunca son los suyos. Las decisiones que conducen a la guerra se toman lejos de quienes la sufren, en despachos donde la vida humana se reduce a cifras, recursos o fronteras.

Nos dicen que la guerra es inevitable, que es parte del orden del mundo, que debemos elegir bando y aceptar sus reglas. Pero la guerra que nos imponen no es la nuestra. No luchamos por banderas ni por mercados, ni por los beneficios de élites políticas o económicas que jamás pisan el frente.

La paz que defendemos no es la paz del silencio, ni la paz de los cementerios, ni la paz impuesta por la fuerza. Es una paz construida desde abajo, desde la justicia social, desde la igualdad real y el fin de toda dominación. Porque no puede haber paz mientras exista explotación, mientras la riqueza de unos dependa de la miseria de otros, mientras la vida esté subordinada al poder y al beneficio.

Rechazamos un mundo donde la violencia es negocio y la guerra una industria. Rechazamos que nuestras vidas sean instrumentalizadas para sostener sistemas que necesitan del conflicto para perpetuarse.

Nuestra paz nace del apoyo mutuo, de la solidaridad entre pueblos, de la desobediencia a quienes nos empujan al enfrentamiento. Es la paz de quienes se niegan a matar y a morir por intereses ajenos. Es la paz que se construye organizándonos, resistiendo y creando alternativas.

Porque luchar por la paz hoy es también luchar contra las causas que hacen la guerra posible.
Y esa lucha —colectiva, consciente, insumisa— es ya una forma de revolución.

Hoy, como ayer, el anarcosindicalismo no pide permiso: construye alternativas. Desde los sindicatos de base, las redes de apoyo mutuo, las huelgas, las okupaciones, las cooperativas, las calles. Allí donde haya explotación, habrá resistencia. Allí donde haya obediencia, habrá rebeldía.

Que tiemblen quienes sostienen este mundo viejo.
Que se escuchen nuestras voces en cada trabajo en cada barrio, en cada rincón.

Porque no esperamos el futuro:
lo estamos creando.

¡Viva el Primero de Mayo!
¡Viva la lucha de la clase trabajadora!
¡Por la anarquía y el apoyo mutuo!

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